[10] Ibídem.
3. Fin del período, sentido histórico y implicaciones historiográficas.
La interpretación por cada autor de los acontecimientos del año 1829, marcado por el éxito militar de la elite opositora pelucona, permite inscribir su visión del
período en la de la historia chilena de largo plazo, dado que el Estado Portaliano, centralista y autoritario, ha estructurado ella a lo largo de los dos siglos pasados. El análisis
del año 1829 opone de nuevo Góngora y Salazar por un lado, a Jocelyn-Holt, por otro lado.
Góngora presenta la victoria del proyecto portaliano de Estado como la antitesis de lo que califica como caótico, es decir la ausencia de toda noción de Estado: asimila
la “noción de Estado en Chile” a la de Estado portaliano[1]. Sin embargo no explicita el marco en lo cual se desarrolla el enfrentamiento. Salazar también identifica un quiebre
decisivo para la historia del país en el año 1829; sin embargo 1829 no representó el principio de la construcción del Estado en Chile, sino lo de un proyecto particular de Estado,
contrario a lo desarrollado previamente. Según él, los que triunfan en 1829-1830 son los pelucones conservadores y librecambistas, es decir la elite santiaguina y centralista.
Lograron derrotar al proyecto liberal de desarrollo industrial y de institucionalización federal, que encontró su auge en la Constitución federal de 1828, proyecto y constitución no
antitéticos de la noción de Estado, por lo contrario: se trata de un proyecto de Estado democrático. En efecto éste defendía primordialmente la “tradición soberana de los
pueblos”[2], como unidad ciudadana básica, frente al proyecto de ordenamiento del centro.
Implicaba mecanismos de inclusión democrática inédita, por cierto facilitada por el federalismo, pero también concretizada por una extensión notable del electorado (Freire aún propuso
en 1824 entregar el derecho a voto a todos los chilenos varones de más de 21 años y cumpliendo con requisitos mínimos de “ocupación industriosa” y de propiedad[3]), y la convocación de Asambleas constituyentes de amplia base social, entre otros
ejemplos.
Jocelyn-Holt por su parte defiende la tesis de la continuidad: en 1829 no ocurrió la victoria de un grupo y su proyecto sobre otro[4], sino que empezó otra fase del desarrollo institucional llevado a cabo por la elite, todavía unida. Por eso “el alcance
de los fracasos” de las estrategias intentadas entre 1818 y 1829 es “relativo”, dado que constituyeron la base de “una eventual consolidación política gubernamental”[5] después de 1829. A pesar de la oposición de dos bloques dentro de la elite a raíz de
la crisis política del 1829, Jocelyn-Holt subraya que la coalición opositora logró, por sus “ribetes (…) equilibrados”[6], “[reestablecer] desde luego un amplio consenso político reflejado en la coalición opositora que luego va a
gobernar”[7]. El autoritarismo portaliano fue aceptado y apoyado por la elite, como una respuesta
adecuada a las debilidades institucionales objetivas del período previo. Concretamente, esto consista en “[reducir] considerablemente el poder político militar”[8], protagonista arbitrariamente “legado por la independencia”[9]; es decir garantizar la hegemonía política de la elite civil.
Esta posición particular traduce el planteamiento historiográfico básico del autor: el sujeto histórico relevante en la historia chilena es la elite; su hegemonía ha
logrado derrotar rápidamente a las fuerzas marginales que se han opuesto a ella (caudillismo militar, sublevaciones populares), y sus divisiones han sido coyunturales. Por lo tanto lo
que llama la “coyuntura crítica”[10], así como el Estado Portaliano, fueron productos de la voluntad de este protagonista fundador del avance nacional en la
“senda modernizadora”[11].
En cambio el juicio que hace Góngora del período permite afirmar que según él, la elite tiene legitimidad no como actor hegemónico en sí, sino al servicio de un
proyecto trascendental, de construcción estatal-nacional. Este proyecto constituye el eje de la historia de Chile, por eso éste autor tiene poco interés para las fases ajenas a su
desarrollo – sin embargo estudia su devenir decadente, partir de 1891 y de manera casi interrumpida hasta 1973, por lo menos.
A ambos planteamientos se opone frentalmente la posición historiográfica de Salazar. Se inscribe en la perspectiva marxista, por lo tanto materialista, lo que le lleva
a rechazar el idealismo de Góngora, que ignora o menosprecia las luchas de intereses en la dinámica histórica. Según él el período 1810-1837 constituye un nudo en la concretización,
arbitraria y no necesaria -contrariamente a lo planteado por Jocelyn-Holt-, del “proyecto de orden hegemónico”[12] de la elite criolla. Esta construcción se desarrolló en un contexto de lucha dialéctica entre el dicho proyecto y un
proyecto alternativo, no hipotético sino ensayado en los años 1823-1829[13], y propugnado no por la elite como actor homogéneo, sino por parte de ella, los productores de provincia, representantes
del poder local y del afán de una democracia comunitaria. Eso se inscribe en el marco historiográfico de Salazar según quién el sujeto histórico relevante no es la elite sino el “bajo
pueblo”, o clases populares, actor de una dinámica de emancipación y de humanización[14]. Aunque no desempeñó un papel directo en los años en cuestión, la lucha por el federalismo por parte de los productores
locales participó de esta emancipación.
[1] Góngora, op. cit. El primer capítulo, después de la
presentación de los antecedentes coloniales de la identidad chilena, trata exclusivamente del devenir del Estado portaliano a lo largo del siglo XIX.
[2] Salazar, Construcción de Estado…, p. 210.
[4] “el factor doctrinario ideológico no entra en juego, de ahí que
se mantenga la continuidad ideológica liberal”, Jocelyn-Holt, op. cit., p. 281.
[5] Jocelyn-Holt, op. cit., p.250.
[12] Salazar, op. cit.,p. 21.
[13] M.-A. Illanes, en la línea historiográfica de Salazar, llama
estos años “período de lucha por la distribución del poder republicano en Chile”, poniendo así el énfasis en la confrontación entre la elite provincial federalista por un lado, y
la elite santiaguina centralista por otro lado (Cf. La Batalla de la memoria, Planeta/Ariel, 2002, p. 167).
[14] Salazar, Labradores… (Cf. nota 5). La “Introducción”
de este texto explicita los planteamientos historiográficos básicos de los trabajos del autor.
4. Conclusión: historia lineal de los ganadores vs. historia dialéctica de los perdedores
Para concluir, compararemos la forma con la cual los autores desarrollan su análisis y que influencia puede tener sobre ello –o más bien, como puede traducir
ello-.
En este caso el eje divisivo opone Salazar por un lado, a Jocelyn-Holt y Góngora por otro lado, los últimos utilizando la forma ensayística para presentar su posición
historiográfica.
El ensayo permite dar una coherencia narrativa a los acontecimientos históricos estudiados, destacando tendencias generales. El menosprecio respeto a las fuentes
historiográficas primarias y en particular a los aspectos históricos de escala micro, es compensado por la referencia recurrente a las obras de otros autores, lo que facilita el
resumen y da poco relieve al análisis desarrollado. Es muy adaptado a posiciones historiográficas de naturaleza holística y lineal, como en el caso de Góngora y Jocelyn-Holt: Góngora
centra su análisis en la noción de Estado predefinida trascendentalmente, mientras Jocelyn-Holt presupone el protagonismo de un solo grupo social, a exclusión de fuerzas alternativas.
Así la elección del estilo ensayístico traduce la identificación previa de dinámicas hegemónicas (la noción de estado, y la modernización por la elite) y impide tomar en cuenta
elementos ajenos al espacio de investigación definido por ella. Un ejemplo extremo es el caso de Góngora, que dedica menos de una línea a los años 1823-1829 en su Ensayo, a
pesar de que podrían ser considerados como fundadores en la construcción de la noción de Estado –precisamente el objeto de su obra-. De la misma manera Jocelyn-Holt pone el enfoque en
el proyecto modernizador que en efecto tuvo éxito – a partir de 1829 – sin tomar en cuenta ni la lucha que permitió su imposición, ni el proyecto alternativo y democrático con que se
enfrentó. Estudiar exclusivamente el protagonismo de los actores y proyectos que fueron dominantes quiere decir reproducir normativamente su victoria, naturalizándola y por lo tanto
justificándola. Aún peor, lleva a reproducir una “memoria política oficial”[1] conformada por “padres” historiográficos no discutidos –Diego Barros Arana en el caso estudiado, según Gabriel
Salazar[2]-, lo que hace cada vez más difíciles la expresión de una historiografía
alternativa.
Salazar, en cambio, mediante un método científico, de estudio riguroso de las fuentes primarias, puede identificar la complejidad de dinámicas dialécticas, de
confrontación entre proyectos contrarios. Sólo así la historiografía puede pretender ser relativamente exhaustiva, subrayando las potencialidades sociales y analizándolas, lo que
podrá mostrarse útil en el presente y el porvenir político de la comunidad nacional.
[1] Salazar, Construcción de Estado…, p. 28.
Bibliografía
-Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago, 2003.
-María-Angélica Illanes, La Batalla de la memoria, Planeta/Ariel, Santiago, 2002.
-Alfredo Jocelyn-Holt Letelier, La Independencia de Chile. Tradición, Modernización y Mito, Mapfre, Madrid, 1992.
-Gabriel Salazar Vergara, Construcción de Estado en Chile (1760-1860). Democracia de los pueblos, Militarismo ciudadano, Golpismo oligárquico, Editorial Sudamericana,
Santiago, 2005.
-Gabriel Salazar Vergara, Labradores, Peones y Proletarios. Formación y crisis de la sociedad campesina en Chile en el siglo XIX, “Introducción”, Editorial Sur, Santiago,
1985.
-Gabriel Salazar Vergara, Julio Pinto Vallejos, Historia Contemporánea de Chile, tomo 2, Lom, Santiago, 1999.