Chile, 1823-1830: La Coyuntura Crítica

Los seis años que separaron en Chile el fin del régimen caudillista de O’Higgins, en 1823, y el principio de la construcción del Estado centralista y autoritario portaliano, en 1830, son objeto de interpretaciones historiográficas muy diversas. Historiadores discrepan a la vez sobre la importancia y el sentido históricos de los acontecimientos de estos años. Mario Góngora, Alfredo Jocelyn-Holt y Gabriel Salazar, son representantes de tres corrientes interpretativos contrapuestos en el asunto.
Góngora, en el marco historiográfico conservador, hegemónico hasta el siglo XX y todavía dominante, considera Portales como el verdadero fundador del Estado Chileno, eso es, a partir de la victoria pelucona de Lircay en 1830. En cambio llama los años 1823-1829 un “brevísimo período caótico”[1], sin sentido histórico ninguno sino como consecuencia mecánica del vacío institucional producido por el fin del caudillismo del período independentista. Jocelyn-Holt, defiende al contrario el carácter fundador de estos años – “la coyuntura crítica”[2]- en cuanto a la elaboración de soluciones políticas y la “eventual consolidación institucional de carácter liberal”[3] realizada por Portales a partir de 1829-1830. Gabriel Salazar[4], por fin, se opone a ambas interpretaciones, dado que identifica en el período la tentativa de aplicación de un proyecto nacional claro -lo que contradice la interpretación clásica en términos de anarquía (la de Góngora)- en ruptura radical con el orden institucional luego instalado por los pelucones -análisis contraria a la desarrollada por Jocelyn-Holt -.
El análisis comparado de esas tres posiciones historiográficas se basará principalmente en las obras de los autores mencionados, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, de Góngora, Independencia de Chile, de Jocelyn-Holt, y Construcción de Estado en Chile (1760-1860) de Salazar.
Sin embargo, dado lo poco escrito por Góngora sobre los años en cuestión, su tesis no podrá ser analizada sino indirectamente, mediante su concepción del Estado y del portalianismo. De la misma manera, será necesario poner en perspectiva la posición de los tres autores refiriéndose a sus planteamientos historiográficos de alcance general, expresados en el caso de Gabriel Salazar, en la introducción de su obra fundadora Labradores, Peones y Proletarios[5]. Por otro lado, tomando en cuenta la existencia de un debate historiográfico directo entre los autores -o sus escuelas- sobre el asunto, se hará referencia a los argumentos de corte político desarrollados por Gabriel Salazar, en su Introducción crítica a la memoria política oficial[6]. Por fin, no se ignorará las herramientas formales utilizadas por los autores, y sus consecuencias en cuanto al contenido de su historiografía: en particular la forma ensayística en el caso de Góngora pero sobre todo de Jocelyn-Holt.
La estructura del análisis se desarrollará a partir de la demostración de puntos de desacuerdo entre los autores. La identificación en particular de los límites temporales del período en primer lugar, los actores y intereses protagonistas en segundo lugar, y por fin el sentido político de la victoria del grupo pelucón en 1829, nos permitirá llegar a una interpretación global y diferenciada de cada posición interpretativa sobre el período, lo que permitirá ilustrar la posición historiográfica general de cada autor.


[1] Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago, 2003, p. 74.
[2] Alfredo Jocelyn-Holt Letelier, La Independencia de Chile. Tradición, Modernización y Mito, MAPFRE, Madrid, 1992, p. 289.
[3] Op. cit., p. 250.
[4] Gabriel Salazar Vergara, Construcción de Estado en Chile, 1760-1860. Democracia de “los pueblos”, Militarismo ciudadano, Golpismo oligárquico, Editorial Sudamericana, Santiago, 2003.
[5] Gabriel Salazar Vergara, Labradores, Peones y Proletarios. Formación y crisis de la sociedad popular chilena del siglo XIX, Ediciones Sur, Santiago, 1985.
[6] Salazar, Construcción de Estado… , pp. 13 a 40.


1. La delimitación histórica del período.
La delimitación del período como yendo de 1823 a 1829 corresponde a la realizada por la historiografía conservadora, y define lo que estos autores, dentro de los cuales Góngora, califican de anarquía: poder central débil, y frecuentes intervenciones militares en contra de las instituciones civiles, en el contexto de guerra exterior (contra los españoles) y interior (guerrillas y Araucania). Gabriel Salazar también da una unidad de sentido histórico al período delimitado por las fechas 1823 y 1830. Según ambos corrientes, ello se define como uno de debilidad del poder central frente a los poderes periféricos, en contraste a la vez con la fase precedente de caudillismo militar y autoritario del Director Supremo Bernardo O’Higgins, que dimitió en enero de 1823, y con el período inaugurado con la victoria militar del centralismo pelucón, encabezado por Portales, en la batalla de Lircay en 1830.
En cambio, Alfredo Jocelyn-Holt no da un sentido específico a estos seis años sino que les integra dentro de una fase de mayor duración, que llama de “ensayo y error”[1], que integra también los años de gobierno de O’Higgins (1818-1823).
Estas discrepancias descansan sobre diferencias en la interpretación de éste último. En el caso de Salazar como de Góngora, el protagonismo de O’Higgins no representó una fase de construcción positiva del Estado chileno, sino más bien desempeñó un papel militar, negativo, de destrucción del poder español en el territorio chileno después de la declaración de independencia. La voluntad de O’Higgins de construir un orden político entorno a su persona carecía de sentido político como de apoyo social, lo que fue demostrado por su resignación y salida del poder, bajo presión pero sin violencia. Entonces se desarrollaron dinámicas políticas auténticas, ajenas al “cesarismo militarista”[2]. Al contrario según Jocelyn-Holt, ya bajo el gobierno de O’Higgins había empezado el desarrollo de un proyecto de construcción nacional: “El personalismo caudillesco [surgió] como una primera tentativa de resolución del problema fundamental de la post-Independencia”[3], es decir “establecer un gobierno viable”[4]. La caída de O’Higgins el 28 de enero de 1823 fue producto del rechazo del exceso de “personalismo”[5] por la oligarquía, que nunca fue despojada del poder: despidió O’Higgins cuando él ya no cumplió con su rol de instrumento del proyecto hegemónico elitista.
Más allá que el desacuerdo sobre el sentido histórico de la salida del Director Supremo el 28 de enero de 1823, los autores organizan la temporalidad del período 1823-1829 de manera del todo diferente. Como ya lo hemos señalado, Góngora la homogeneiza, reduciendo estos años a unos caóticos, sin dinámica política identificable. Salazar, por su parte, plantea también su fuerte homogeneidad, pero analiza su contenido de manera muy diferente: se caracterizó según él no por el caos sino por la continuidad de la tensión política extrema entre dos proyectos hegemónicos, el federal, propugnado por “los pueblos” de las provincias y el centralista, propugnado por la elite santiaguina.
Al contrario, mientras estos dos autores definen el período de liderazgo O’Higginista y los seis años siguientes como dos bloques muy diferenciados y homogéneos, Jocelyn-Holt identifica una ruptura dentro del período 1823-1829, de importancia similar a la del año 1823. Según él, se desarrollaron dos tentativas de construcción de un orden institucional después del fracaso de la tentativa caudillista: el “equilibrio oligárquico-militar”[6] fue una transición desde el caudillismo hacia la “búsqueda de una solución jurídica-constitucional”[7]. Sin embargo estas dos fases no definen dos períodos sino dos dinámicas paralelas que se interfoliaron a lo largo de la década.
Estas diferencias de delimitación histórica del período se pueden explicitar con el estudio del análisis que hacen los autores de los actores y intereses protagonistas del período.


[1] “Ensayo y error” es el título del capítulo 8 de su obra mencionada precedentemente, dedicado al período 1817-1830. Jocelyn-Holt, op. cit., p. 249.
[2] Salazar, Construcción de Estado…, p. 151.
[3] Jocelyn- Holt, op. cit., p. 251.
[4] Op. cit., p. 250.
[5] Op. cit., p. 258.
[6] Jocelyn-Holt, op. cit., p. 258.
[7] op. cit., p. 265.

2. Lo que está en juego: actores e intereses en pugna.
La identificación de los actores en pugna permite explicar el desacuerdo entre Góngora y Salazar por un lado, y Jocelyn-Holt por otro lado, en cuanto a la delimitación temporal de los años 1823-1829, pero también apuntar los elementos claves de la interpretación llevada a cabo por cada autor. El debate se centra entorno a la elite, sus facciones, y el papel desempeñado por el liderazgo militar.
Según Jocelyn-Holt, la elite chilena, esencialmente santiaguina, no había perdido el poder bajo la dictadura de O’Higgins, a pesar del afán personalista del Director Supremo. A partir de 1823 se confirmó la hegemonía política de ella, ya no contrariada por un caudillismo fuerte – Jocelyn-Holt, califica el liderazgo militar de Freire de “influenciable (…) benevolente y tolerante”[1]- aunque los militares garantizan un “gobierno transicional”, de “equilibrio”[2]. Góngora y Salazar, en cambio, consideran que el protagonismo de la oligarquía fue mucho más fuerte a partir de 1823, y que sólo entonces pudo desarrollarse su proyecto político.
Sin embargo la caracterización de la elite por estos dos autores muestra discrepancias fundamentales, que tienen implicaciones en cuanto a la identificación de las dinámicas histórico-políticas en acción.
Góngora considera la elite chilena como bastante homogénea desde el punto de vista socioeconómico, pero compuesta de dos grupos políticos, uno oligárquico responsable de la “anarquía” de los años 1823-1829, y el otro impregnado de la idea de “bien público”[3], que llevaría a cabo un proyecto patriótico y estatal a partir de 1830, con el llamado Estado nacional portaliano. Por eso según Góngora y la escuela conservadora, el año 1829, y en particular la batalla de Lircay en 1830, que representan la victoria del grupo pelucón encabezado por Portales sobre la oligarquía “anarquista”, tienen un sentido histórico fundacional en la historia de Chile. 
Salazar por su parte diagnostica una heterogeneidad socio-económica dentro de la elite decimonónica[4]: el año 1823 representó según él el principio del protagonismo del grupo pipiolo, productores de provincia, y su proyecto liberal, industrial-desarrollista, de régimen federal estructurado por asambleas provinciales autónomas (Coquimbo, Concepción y Santiago en aquél entonces). Éste grupo se enfrentó a la elite santiaguina, centralista y mercantil-financiera, cuyos intereses económicos la conducían a defender el libre-cambio hacia el exterior y la producción de materias primas de exportación, proyecto excluyendo toda industrialización. Salazar[5] subraya que contrariamente a lo planteado por la historiografía conservadora, no fueron los liberales sino la elite pelucona la causa de la relativa inestabilidad política e institucional del período, mediante lo que llama el “golpismo oligárquico”[6]. Éste intentó imponerse por la fuerza frente a la fundación de un poder legítimo, provincial y popular, la “democracia de los pueblos”[7], lo que eventualmente consiguió en 1829, liderado por el estanquero mercantil-financiero Diego Portales.
Jocelyn-Holt, en cambio, plantea la homogeneidad de la elite chilena. Según él, pipiolos y pelucones “no se distinguen en términos doctrinarios muy estrictos o en relación a factores socio económicos”[8]. La dinámica política de la década entonces no fue una de enfrentamiento entre proyectos totales, sino del protagonismo hegemónico de un grupo coherente, que llevó a cabo un proceso de “ensayo y error”[9], con objetivo la elaboración de un orden institucional estable para el desarrollo del país. Sin embargo este proceso se erigió sobre el “reconocimiento de una fuerza nueva: el liderazgo militar”[10].


[1] op. cit., p. 260.
[2] op. cit., p. 261.
[3] Góngora, op. cit., pp. 73 y 75.
[4] Gabriel Salazar, Julio Pinto, Historia contemporánea de Chile, tomo II, Ed. Lom. Santiago 1999, pp. 31-38.
[5] Salazar, Construcción de Estado…, capítulos 4 y 5.
[6] Esta expresión forma parte del subtítulo de su obra Construcción de Estado en Chile (1760-1860). Democracia de” los pueblos”, Militarismo ciudadano, Golpismo Oligárquico.
[7] Cf. nota 19.
[8] Jocelyn-Holt, op. cit., p. 264. Eso es un análisis totalmente contrario a lo de Salazar, que defiende que pipiolos y pelucones se distinguen doctrinariamente (federalismo y proteccionismo vs. centralismo y librecambismo) precisamente del hecho de la divergencia en sus intereses económicos.
[9] Op. cit., p. 251.
[10] Ibídem.

3. Fin del período, sentido histórico y implicaciones historiográficas.
La interpretación por cada autor de los acontecimientos del año 1829, marcado por el éxito militar de la elite opositora pelucona, permite inscribir su visión del período en la de la historia chilena de largo plazo, dado que el Estado Portaliano, centralista y autoritario, ha estructurado ella a lo largo de los dos siglos pasados. El análisis del año 1829 opone de nuevo Góngora y Salazar por un lado, a Jocelyn-Holt, por otro lado.
Góngora presenta la victoria del proyecto portaliano de Estado como la antitesis de lo que califica como caótico, es decir la ausencia de toda noción de Estado: asimila la “noción de Estado en Chile” a la de Estado portaliano[1]. Sin embargo no explicita el marco en lo cual se desarrolla el enfrentamiento. Salazar también identifica un quiebre decisivo para la historia del país en el año 1829; sin embargo 1829 no representó el principio de la construcción del Estado en Chile, sino lo de un proyecto particular de Estado, contrario a lo desarrollado previamente. Según él, los que triunfan en 1829-1830 son los pelucones conservadores y librecambistas, es decir la elite santiaguina y centralista. Lograron derrotar al proyecto liberal de desarrollo industrial y de institucionalización federal, que encontró su auge en la Constitución federal de 1828, proyecto y constitución no antitéticos de la noción de Estado, por lo contrario: se trata de un proyecto de Estado democrático. En efecto éste defendía primordialmente la “tradición soberana de los pueblos”[2], como unidad ciudadana básica, frente al proyecto de ordenamiento del centro. Implicaba mecanismos de inclusión democrática inédita, por cierto facilitada por el federalismo, pero también concretizada por una extensión notable del electorado (Freire aún propuso en 1824 entregar el derecho a voto a todos los chilenos varones de más de 21 años y cumpliendo con requisitos mínimos de “ocupación industriosa” y de propiedad[3]), y la convocación de Asambleas constituyentes de amplia base social, entre otros ejemplos.
Jocelyn-Holt por su parte defiende la tesis de la continuidad: en 1829 no ocurrió la victoria de un grupo y su proyecto sobre otro[4], sino que empezó otra fase del desarrollo institucional llevado a cabo por la elite, todavía unida. Por eso “el alcance de los fracasos” de las estrategias intentadas entre 1818 y 1829 es “relativo”, dado que constituyeron la base de “una eventual consolidación política gubernamental”[5] después de 1829. A pesar de la oposición de dos bloques dentro de la elite a raíz de la crisis política del 1829, Jocelyn-Holt subraya que la coalición opositora logró, por sus “ribetes (…) equilibrados”[6], “[reestablecer] desde luego un amplio consenso político reflejado en la coalición opositora que luego va a gobernar”[7]. El autoritarismo portaliano fue aceptado y apoyado por la elite, como una respuesta adecuada a las debilidades institucionales objetivas del período previo. Concretamente, esto consista en “[reducir] considerablemente el poder político militar”[8], protagonista arbitrariamente “legado por la independencia”[9]; es decir garantizar la hegemonía política de la elite civil.
Esta posición particular traduce el planteamiento historiográfico básico del autor: el sujeto histórico relevante en la historia chilena es la elite; su hegemonía ha logrado derrotar rápidamente a las fuerzas marginales que se han opuesto a ella (caudillismo militar, sublevaciones populares), y sus divisiones han sido coyunturales. Por lo tanto lo que llama la “coyuntura crítica”[10], así como el Estado Portaliano, fueron productos de la voluntad de este protagonista fundador del avance nacional en la “senda modernizadora”[11].
En cambio el juicio que hace Góngora del período permite afirmar que según él, la elite tiene legitimidad no como actor hegemónico en sí, sino al servicio de un proyecto trascendental, de construcción estatal-nacional. Este proyecto constituye el eje de la historia de Chile, por eso éste autor tiene poco interés para las fases ajenas a su desarrollo – sin embargo estudia su devenir decadente, partir de 1891 y de manera casi interrumpida hasta 1973, por lo menos.
A ambos planteamientos se opone frentalmente la posición historiográfica de Salazar. Se inscribe en la perspectiva marxista, por lo tanto materialista, lo que le lleva a rechazar el idealismo de Góngora, que ignora o menosprecia las luchas de intereses en la dinámica histórica. Según él el período 1810-1837 constituye un nudo en la concretización, arbitraria y no necesaria -contrariamente a lo planteado por Jocelyn-Holt-, del “proyecto de orden hegemónico”[12] de la elite criolla. Esta construcción se desarrolló en un contexto de lucha dialéctica entre el dicho proyecto y un proyecto alternativo, no hipotético sino ensayado en los años 1823-1829[13], y propugnado no por la elite como actor homogéneo, sino por parte de ella, los productores de provincia, representantes del poder local y del afán de una democracia comunitaria. Eso se inscribe en el marco historiográfico de Salazar según quién el sujeto histórico relevante no es la elite sino el “bajo pueblo”, o clases populares, actor de una dinámica de emancipación y de humanización[14]. Aunque no desempeñó un papel directo en los años en cuestión, la lucha por el federalismo por parte de los productores locales participó de esta emancipación.
 


[1] Góngora, op. cit. El primer capítulo, después de la presentación de los antecedentes coloniales de la identidad chilena, trata exclusivamente del devenir del Estado portaliano a lo largo del siglo XIX.
[2] Salazar, Construcción de Estado…, p. 210.
[3] Op. cit., p. 235.
[4] “el factor doctrinario ideológico no entra en juego, de ahí que se mantenga la continuidad ideológica liberal”, Jocelyn-Holt, op. cit., p. 281.
[5] Jocelyn-Holt, op. cit., p.250.
[6] Op. cit., p. 279.
[7] Op. cit., p. 286.
[8] Ibídem.
[9] Op. cit., p.288.
[10] Cf. nota 2.
[11] Op. cit., p. 288.
[12] Salazar, op. cit.,p. 21.
[13] M.-A. Illanes, en la línea historiográfica de Salazar, llama estos años “período de lucha por la distribución del poder republicano en Chile”, poniendo así el énfasis en la confrontación entre la elite provincial federalista por un lado, y la elite santiaguina centralista por otro lado  (Cf. La Batalla de la memoria, Planeta/Ariel, 2002, p. 167).
[14] Salazar, Labradores… (Cf. nota 5). La “Introducción” de este texto explicita los planteamientos historiográficos básicos de los trabajos del autor.

4. Conclusión: historia lineal de los ganadores vs. historia dialéctica de los perdedores
 
Para concluir, compararemos la forma con la cual los autores desarrollan su análisis y que influencia puede tener sobre ello –o más bien, como puede traducir ello-.
En este caso el eje divisivo opone Salazar por un lado, a Jocelyn-Holt y Góngora por otro lado, los últimos utilizando la forma ensayística para presentar su posición historiográfica.
El ensayo permite dar una coherencia narrativa a los acontecimientos históricos estudiados, destacando tendencias generales. El menosprecio respeto a las fuentes historiográficas primarias y en particular a los aspectos históricos de escala micro, es compensado por la referencia recurrente a las obras de otros autores, lo que facilita el resumen y da poco relieve al análisis desarrollado. Es muy adaptado a posiciones historiográficas de naturaleza holística y lineal, como en el caso de Góngora y Jocelyn-Holt: Góngora centra su análisis en la noción de Estado predefinida trascendentalmente, mientras Jocelyn-Holt presupone el protagonismo de un solo grupo social, a exclusión de fuerzas alternativas. Así la elección del estilo ensayístico traduce la identificación previa de dinámicas hegemónicas (la noción de estado, y la modernización por la elite) y impide tomar en cuenta elementos ajenos al espacio de investigación definido por ella. Un ejemplo extremo es el caso de Góngora, que dedica menos de una línea a los años 1823-1829 en su Ensayo, a pesar de que podrían ser considerados como fundadores en la construcción de la noción de Estado –precisamente el objeto de su obra-. De la misma manera Jocelyn-Holt pone el enfoque en el proyecto modernizador que en efecto tuvo éxito – a partir de 1829 – sin tomar en cuenta ni la lucha que permitió su imposición, ni el proyecto alternativo y democrático con que se enfrentó. Estudiar exclusivamente el protagonismo de los actores y proyectos que fueron dominantes quiere decir reproducir normativamente su victoria, naturalizándola y por lo tanto justificándola. Aún peor, lleva a reproducir una “memoria política oficial”[1] conformada por “padres” historiográficos no discutidos –Diego Barros Arana en el caso estudiado, según Gabriel Salazar[2]-, lo que hace cada vez más difíciles la expresión de una historiografía alternativa.
Salazar, en cambio, mediante un método científico, de estudio riguroso de las fuentes primarias, puede identificar la complejidad de dinámicas dialécticas, de confrontación entre proyectos contrarios. Sólo así la historiografía puede pretender ser relativamente exhaustiva, subrayando las potencialidades sociales y analizándolas, lo que podrá mostrarse útil en el presente y el porvenir político de la comunidad nacional.

[1] Salazar, Construcción de Estado…, p. 28.
[2] Ibídem.

Bibliografía
 
-Mario Góngora, Ensayo histórico sobre la noción de Estado en Chile en los siglos XIX y XX, Editorial Universitaria, Santiago, 2003.
-María-Angélica Illanes, La Batalla de la memoria, Planeta/Ariel, Santiago, 2002.
-Alfredo Jocelyn-Holt Letelier, La Independencia de Chile. Tradición, Modernización y Mito, Mapfre, Madrid, 1992.
-Gabriel Salazar Vergara, Construcción de Estado en Chile (1760-1860). Democracia de los pueblos, Militarismo ciudadano, Golpismo oligárquico, Editorial Sudamericana, Santiago, 2005.
-Gabriel Salazar Vergara, Labradores, Peones y Proletarios. Formación y crisis de la sociedad campesina en Chile en el siglo XIX, “Introducción”, Editorial Sur, Santiago, 1985.
-Gabriel Salazar Vergara, Julio Pinto Vallejos, Historia Contemporánea de Chile, tomo 2, Lom, Santiago, 1999.
 

 
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